martes, 9 de abril de 2019

En caso de avería



Dice que si se hubiera visto en la necesidad de hacer una descripción minuciosa habría dicho que era una lluvia muy fina, o algo parecido ―rectificando, con cierta desgana―, algo muy similar a lo que podía recordar, si el esforzarse tuviera sentido para alguien que diese indicios de valorar el esfuerzo, lo cual duda, como la pared de ladrillo rojo que rodeaba con sus brazos de hierro (amputado uno, a la altura del codo) el perímetro, que a lo mejor era circunferencia, pero entiende que para qué afinar tanto, el corredor que conducía a los cuartos que siempre se llamaron de arriba si bien, cosas de la vida que para qué esforzarse en comprender, todo el edificio constaba de una sola planta dividida en pequeños habitáculos divididos por mamparas que, no llegando al techo, dejaban oír todo lo que se hablaba en los cuartos contiguos a la gran hondonada donde era costumbre almacenar lo que se había dado en denominar “las herramientas” pero no eran mas que las sombras deshilachadas y bastante descoloridas de quienes, (hace una pausa y toma aliento) habiendo pasado por allí sin rumbo, se vieron, tal vez sin querer, reflejados en tal o cual síntoma de cualquiera de las dolencias que aquejaban a los habitantes del otro lado de aquello que, siempre se dijo, parecía un puerto aunque nadie jamás había visto barco alguno, ni allí ni en ninguna otra parte; no éramos (musita) gente de mar, ni siquiera de río, y como por otra parte siempre fuimos poco aficionados a viajar tan sólo veíamos las cortinas de colores siempre muy vivos, demasiado alegres para el entorno que gentes como los de allí podíamos ofrecerles, pero así eran las cosas y así las cortinas que, ya digo (dice) eran de  cretona y flores muy grandes.

Pero que no se vio en tal necesidad, aunque asegura que se fijó muy bien y que incluso se puso las gafas, las de cerca, las mismas que utilizaba para cortar los tablones que luego, si daba tiempo, servirían para recitar las letanías cansinas de las siete y media, hora punta donde las haya (según no ella pero sí según la esposa del administrador, obsesionada siempre con preparar los búcaros y los guardabarros en el sitio adecuado antes de aplicarse a cocinar y, si no, la salsa le salía o muy espesa o demasiado clara), y si no daba, se dejaban en el cajoncillo de arriba del aparador, bien colocados y perfectamente paralelos unos con otros, hasta la mañana siguiente del primer martes impar del mes de octubre.

Y que por eso, porque no se vio, no pudo enterarse de que los colores se habían transformado en pequeñas colmenas, o, rectificando, celdillas más exactamente reprendiéndose, para sus adentros, por no abandonar aquella estúpida manía por la precisión que caminaban ―entre guiones, ya, pero si se pasaba la vida regresando no llegaría nunca ni en el caso de conocer el lugar y el momento en que acontecerían; pero a regañadientes retrocedió sí hasta las celdillas (a veces hay que ceder) que caminaban apoyándose unas en las otras, tan juntas, tan hermanadas y sabiendo cuál era su lugar exacto en su pequeño universo que, oyó alguna vez, estaba amenazado de muerte, lenta, mucho más que ella desgranando el deslizar de los objetos hacia el borde de la mesa para empujarlos, luego, al precipicio de algo más de medio metro de altura por el que se despeñarían, sin miedo, sin un grito, para ir a acurrucarse contra las cascotes de un compañero de viaje con el que jamás habían cruzado más allá de un buenos días y algún comentario, de esos de puro compromiso porque a ver en un ascensor qué te dices, referente al tiempo atmosférico pero con sumo cuidado de dejarlo muy clarito; atmosférico y nada de meterse en filigranas de mencionar ni de pasada el trascurrido desde los festejos que conmemoraron el último desastre.

– Qué bien se vivía entonces, ¿verdad?, cuando todavía podían contarse, uno, dos, tres, dos millones cuatrocientos setenta y cinco mil los intervalos; aquel bendito tiempo ya innombrable estaba salpicado de intervalos, grandes, pequeños, alargados, redondos como cuentas algunos y muy suaves, tanto que se resbalaban por entre las yemas de los dedos y rodaban, aviesos, para ir a esconderse bajo los muebles simulando querer jugar tan sólo, pero se quedaban con las ganas, que nadie iba a buscarlos porque para qué recuperarlos si antes o después llegarían otros prometiendo (siempre lo hacían igual, estúpidos, como si no los conociésemos) que ellos no eran como los otros, que se quedarían para siempre.

Contestó a todo que sí, sin dejar de sonreír; y el hombre abrió y cerró las puertas, dos veces, y explicó que había sido un fallo informático sin mayor importancia…

– ¿Y usted?

Y dice que respondió algo también sin importancia. Pero que eso seguro que no.


sábado, 23 de marzo de 2019

Ni a favor ni con despecho

Destrozadas por el uso o esculpidas contra el viento se alejaban de nosotros con su paso sin quererlo las penurias que brindaron, en copas, de cristal fino y gruesos tallos en dedos que se aferran sigilosos procurando no ser ellos quienes en su tacto pálido sentenciaron no ser puestos de mando ni de perfiles, ni de carne ni de hueso, a la salud mortecina de sumarios irredentos, reflejando, en sus espejos, caras ocultas de lunas en noches que, sin luceros, lacerando el alabastro de labios que callan tercos, se derrumban desmedradas sin pulcritud ni resuello bajo el clamor encendido de luminarias de alientos exhalando, entre porfías, juramentos que ya nunca redoblarán a destiempo antes ni después ni contra, ni a favor, ni con despecho, de qué fue aquello tan raro, tan oscuro y tan perverso que las dejo a la deriva a merced de un pensamiento que no se supo de dónde, ni de quién, ni a qué pretexto, obedeció por ventura, o por desidia o por eso que se llama y que no acude mas que cuando ya no es tiempo ni de errar ni desdecirse ni de callar qué secreto.

domingo, 26 de agosto de 2018

De hielo y de barro


De hielo y de barro, de fuego y de arena, de hierro y de briznas de sangre ya seca; de ruinas y ramas, de romas promesas rotas en añicos de tiempos que, muertos, despiertan al grito de gargantas prontas a callar qué fuese lo que, pronunciado, perdería el sentido del giro y el paso que abriera las puertas a mentes cerradas frente a la ceguera que mira, encantada, cómo se dibuja en su fondo la nada.

lunes, 25 de junio de 2018

Octubre en el objetivo

Octubre es el nombre de la gata.
La he encontrado por casualidad (la foto, no la gata), y como he visto que estaba en la caja de galletas he querido ver adónde llevaba y me ha conducido, cosas de la vida con el calor que hace, a la página 172 de algo que, así al pronto, no he sabido reconocer que era.
Así que he ido dando hacia atrás, en esa luna que se ve fumando, y luego en la niña de comunión al lado de un rey, y así hasta llegar a  que es por lo que digo cosas de la vida con el calor que hace.

Nota: Puede que sea más cómodo ir directamente al Indice, aquí.


domingo, 24 de junio de 2018

Texto 14.15

Publicado por  el Jun 24, 2018 en Prólogo a la carta número catorce. Llamando a las musas.

14.15 “Merece la pena hacer una pequeña referencia al arte arquitectónico, y no en lo tocante al hábitat que el hombre se ha procurado en el cursar de los tiempos; el hábitat se relaciona con el confort, necesidades y capacidades de obtenerlo, y siempre ha sido y será tareas de técnicos y artesanos. El arte arquitectónico siempre se relacionó con formas y lugares (teatro) donde podía pasar algo sorprenderte, donde iban a producirse transformaciones inesperadas. Para ello se utilizaron espacios que lo propiciaran. Espacios construidos a base de materiales especiales que ya atesoraban características adecuadas a los efectos que se pretendían. No parece necesario arrastrar inmensas piedras por largos recorridos para construir incómodos vivac. Alguien había soplado secretos en los oídos de aquellos cíclopes obsesionados con el mensaje de los cuarzos, gentes que sin duda supieron que la combinación de espacios, radiaciones y vibraciones alertan los mensajes que vienen de cielo y provocan análogas señales en las bóvedas de los cerebros.”
 

COMENTARIO DEL AVENTURERO
La palabra teatro en griego clásico, significa literalmente “lugar para ver”.
Los teatros más antiguos que se conocen, se construyeron en base a una estructura circular, de la que casi dos tercios se destinaban a las gradas para los espectadores, en el centro había un espacio circular donde actuaba la orquesta, y en el segundo hemisferio del círculo, de manera frontal a las gradas, estaba el rectángulo dedicado a la skene, la escena. Entre las acepciones de esta palabra se encuentra “templo”. Los bailarines o coro actuaban en la parte de la orquesta (cuyo significado etimológico es precisamente grupo de danzantes) en cuyo centro había siempre una estatua dedicada al dios Dionisos. La skena estaba más elevada y era la zona donde actuaban los cómicos, personajes alegóricos o héroes, y los dioses. Estos últimos aparecían a otro nivel en pasarelas a mayor altura al fondo de la escena.
El teatro es pues un espacio arquitectónico dedicado exclusivamente a favorecer un encuentro entre lo divino y lo humano donde, para que lo divino se haga entender, precisa de que lo humano se vea alterado, transformado a través del rito dionisiaco. Era el coro, en danza, alterando su conciencia habitual, poniendo en movimiento su laboratorio celular, quien desde ese estado en tránsito o “de trance”, podía entender y traducir a los hombres el mensaje de los dioses.
¿Y qué es un coro? Quizá podemos definirlo como una multiplicidad en unión, en comunión, de varias fuerzas, que juntas forman una unidad y se proyectan como tal. Y en este caso lo hacen dentro de un círculo, como núcleo en movimiento de una forma idealmente perfecta o inmutable. Y me resulta interesante relacionar esta idea con el planteamiento que hace el autor sobre la arquitectura, pues ésta es matemática hecha forma en tres dimensiones. Y es interesante que lo dionisíaco de la representación se sitúe en el centro del círculo, como eje o como punto de conexión con lo desconocido. Pi es un número que se expresa en el círculo. Se ha encontrado en mediciones de construcciones arquitectónicas desde la antigüedad, como en las pirámides egipcias, pero en esas mediciones, matemáticamente sólo se ve de manera aproximada. Lo que quiere decir que la matemática conocida aún no llega a la idea de círculo perfecto, a aquello que como idea podríamos considerar inmutable. A pesar de eso, el hombre busca esas formas, quizá porque en él resuenen, y en ellas se reconozca.
Aparecen muchas cuestiones interesantes al respecto de estar dentro de uno u otro espacio. Puede que la forma geométrica y la proporción entre sus partes ejerzan sobre el ser humano una influencia potenciadora de su naturaleza. Pero si además hacemos vibrar esas piedras mediante, por ejemplo, un sonido, mediante voz y música, puede que esa impresión geométrica sea mayor, o llegue más lejos, que afecte a mucha más gente a la vez. Y ahí tenemos a la música formando parte del rito religioso y el teatro desde siempre. La física sabe que el sonido adopta en su viaje de resonancia la estructura o la forma del espacio que lo contiene, y rebota y se imprime así en lo que encuentra a su paso. Inevitablemente provoca una transformación en nosotros.
Al mismo tiempo la proyección de la luz, con según qué combinación de colores, tiene una repercusión directa en nosotros, pues también la luz se comporta como onda, y el color suena… Basta con observar los rosetones en las catedrales góticas, lugares de culto y rito, cuyos artífices seguramente conocían los poderes de su influjo.
Y el autor de este libro, abre una rendija hacia algo que se me antoja fascinante. Nos invita a entender todos estos hallazgos como mensajes que se corresponden con señales que vienen del cielo… Y ¿cuál será ese cielo?¿Aquel más allá de nuestra atmósfera, de conciencias que conocen que existimos y tratan de comunicarse? ¿Serán esos lo dioses? ¿Podemos nosotros contestarles y transformarles igualmente? ¿O pudiera ser ese cielo nuestra propia conciencia futura? Una y otra idea no tienen por qué ser incompatibles…
En cualquier caso, conocimiento, estudio e intuición parecen ir de la mano en el descubrir humano llevado a la acción.

domingo, 13 de mayo de 2018

Texto 14.9

14.9 “Cada visitante puede pintar en el aire el mismo cuadro cientos de veces. ¿Qué está sucediendo? El mundo está lleno de mandalas, de rastros invisibles que se esconden a la frecuencia perceptiva de los sentidos, y alguien ha visto algunos y los ha llevado a la frontera de la materia, los ha traído del mundo pránico del que se descolgaron los arquetipos que pueblan la consciencia y han sido reconocidos por los puntos de luz que anidan en los rincones del cuerpo físico.”
 
AVENTURA DEL PENSAMIENTO
Parecería como si “las autoridades”, las de aquí y las del resto del mundo (de forma sorprendentemente globalizada), hubiesen alcanzado tal grado de discernimiento y de sabiduría, que no solamente están plenamente de acuerdo con lo que en este y en anteriores párrafos se explica acerca de la potencialidad evolutiva del Arte, sino que, buscando el máximo desarrollo espiritual de sus súbditos, han implementado, como se dice ahora, las medidas político-culturales necesarias para facilitar el acceso a dichas puertas al universo de lo astral a unas cada vez más amplias mayorías, y así han dicho: hagamos montones de museos y llenémoslos de gente.
La realidad es muy otra, como sabemos: la masificación democratizadora del acceso al Arte banaliza de tal forma su apreciación que lo ha convertido en una moda, un must-see, una atracción turística más, donde lo más importante es el huero prestigio de poder atestiguar con un selfi que uno ha estado allí, delante de tal cuadro o en la puerta de tal templo o, como mucho, si la economía da para contratar un guía, engullir un ramplón análisis histórico-anecdótico-culturalista de las obras en cuestión.
Mirar cien cuadros por hora no solo es agotador (porque, en efecto, cada uno de ellos, si tiene suficiente calidad, te está pidiendo entrar en ti hasta lo más hondo de tu ser), sino que es además adocenador y contaminante, pues tal mirada, tan insolente superficialidad, des-sacraliza tanto el ámbito en el que cada obra despliega su llamada que impide que otros ojos puedan conectar con ella. Lo cual solo puede conseguirse desde un estado especial de recogimiento, meditación y escucha que propicie la apertura de “los puntos de luz que anidan en nuestro cuerpo físico”.