martes, 13 de junio de 2017

En el autobús número 12

Esta mañana al salir de Argos me subí en el 12, que estaba, imagino, aguardando su hora de salida puesto que la parada es principio de línea.
Estaba casi vacío; dos personas – hombre y mujer – una al lado de la otra y, al fondo, creo que había una persona sola. Y nadie más.
Me senté justo delante de la pareja, que hubo forzosamente de verme porque estaban ya sentados cuando llegué y caminé hacia ellos.
El autobús emprendió la marcha y, unos minutos después, oí la voz de la mujer que en tono perfectamente audible decía “Alicia, la de (aquí iría el nombre de la empresa en la que trascurrió mi vida laboral), José Luis la ha acompañado al despacho”.
Vamos, que esa era inequívocamente yo.
El hombre no respondió o si lo hizo fue apenas con un monosílabo. Y no dijeron nada más.
Me hizo una cierta gracia que ella hablase de mí como si yo no estuviera ahí, o como si no fuera – o ella no se diese cuenta – la misma persona y con el mismo vestido color fresa y con la misma sombrilla del chino color rosa (un poco hortera) que viese con José Luis camino del despacho.
Pensé si los miro los conoceré. Pero como es de suponer no me giré.
Casualmente al llegar a mi parada ellos seguían ahí y, aprovechando que debía pasar inevitablemente por su lado, los miré sin insistencia y, exactamente, como si yo no fuera Alicia, la de (aquí iría el nombre de la empresa en la que trascurrió mi vida laboral), a la que José Luis acompañó al despacho.
Y sí, los conocí.
Para ser exactos a la que sí reconocí fue a ella. A él, si lo hubiera visto solo, creo que no me habría recordado a nadie.
Y pensé que es un misterio el por qué, con independencia de la huella que el paso del tiempo – unos veinte años, en este caso – deje en las personas, en unas la fisonomía cambia muy poco y en otras muchísimo.


domingo, 11 de junio de 2017

Texto 12.31

12.31 “Existen métodos dentro de las llamadas artes evolutivas que colocan al iniciado en las puertas de cada paso de consciencia, rompiéndose la inexorabilidad aparente de los biorritmos, que en el fondo sólo son un aprendizaje rutinario adscrito al sistema neurovegetativo, a las frecuencias hormonales que definen la cáscara del carácter, a la analogía cíclica con distintos arquetipos y al mandato genético superficial. Pero avanzar en la cordura enfrentándose a ritmos cósmicos, telúricos y biológicos sería no asumir el estado y crear dificultades innecesarias”.
 
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
El trabajo guiado en un arte evolutivo, abre ventanas, rendijas a estados superiores de consciencia, nos muestra siempre una nueva manifestación, quizá también transitoria, pero superior al estado de nosotros mismos. Pero que el velo desaparezca es trabajo y camino intransferible del iniciado. Hay que recorrerlo en cualquier caso, aunque sea a ciegas, fomentando la fe, confiando en esa referencia de futuro que la iniciación en un trabajo proporciona, como un mensaje.
Dice el poeta:
“Al venir el verbo, cauto
correrás una cortina
para que no seas testigo
no te ciegue luz divina.
Revuelo de querubines,
ocasión de las Sibilas”
Hugo P. R. de la Pica
Pero vivir en el anhelo de recuperar esa visión es estar quieto. Solo el Sol no abrasa al Sol, y pretender tocarlo es dificultar la tarea. Dice el Tao :
LIII
Quisiera poseer la sabiduría
para poder marchar por el gran camino
sin temor a desviarme.
El gran camino es llano
pero la gente ama los senderos.
La corte de todo tiene abundancia
pero los campos están llenos de malas hierbas
y los graneros vacíos.
Vestirse ropas lujosas,
ceñir afiladas espadas,
hartarse de bebida y de manjares,
retener grandes riquezas,
es como el robo;
no es Tao.