martes, 25 de julio de 2017

“¡Me equivoqué!”.

Todo ser humano, hasta en sus elecciones más disparatadas, y aún reprobables a la vista de algunos o muchos otros, lo que busca incansablemente es ser feliz. Sin embargo, incluso habiendo elegido de manera encomiable o decidido lo correcto, la felicidad no se alcanza o, para colmo, la decisión tomada con absoluta honestidad y en la creencia de que era buena parece volverse en contra.

Entonces se lamenta de “¡Me equivoqué!”.

Y me pregunto si esa percepción de desencuentro entre objetivo y resultado está condicionada por el carácter, o por el temperamento o por la personalidad.

Me pregunto también si “me equivoqué” o “he acertado” no son error o acierto en términos absolutos sino que, en un no sé qué interferirse de los tres, ante unos mismos hechos y unos mismos resultados la apreciación la condiciona el que en cada momento esté llevando la voz cantante.


Y cuál de los tres es el más sabio. Y cual el más díscolo.

sábado, 22 de julio de 2017

Texto 12.37

Publicado por  el Jul 23, 2017 en Duodécimo mensaje. La noria de los ángeles. 

12.37 “El tercer pulso rítmico está avalado por los múltiples laboratorios distribuidos en la catedral corpórea e influye de manera importante en el carácter, su enemigo natural es la pereza que reprime, a través de hábiles mensajeros, desestabiliza y hasta limita el funcionamiento endocrino que en gran parte personaliza el torrente sanguíneo.”
COMENTARIO DEL AVENTURERO
Tal vez nuestras actitudes y pulso hacia la vida estén determinando en gran medida nuestro sistema bioquímico. Este tercer punto o pulso, del que nos habla el autor, parece que es el que incide en nuestro sistema endocrino, desde aquí, podemos trabajar en la modificación y equilibrio de los procesos endógenos-exógenos que nos proveen de respuestas corporales, percepciones, sensaciones, emociones, deseos…
Sin ser muy conscientes de todos estos procesos, podemos incidir en ellos a través de actitudes de impulso. Nuestro carácter es como una careta. Si desde esa careta probamos a modificar y experimentar, a moldear y actuar, esta careta será como una proyección no sólo hacia el exterior sino también hacia nuestro organismo y trasladará estas actitudes a nuestras células.
En una situación de poca empatía, si uno prueba a dibujar una sonrisa sincera en su rostro con la mayor veracidad posible de que sea capaz, su organismo se alegrará.
No podemos ser esclavos de nuestro carácter y dejarnos gobernar por él. Si la pereza es el enemigo, habrá que ponerse en marcha, tratar de ser alquimistas, quitarse o modificar nuestras caretas, entregarnos a las aventuras de la vida, y estar muy alerta para no caer en inercias y actitudes que mantengan la química de nuestra mente y cuerpo a la baja.

miércoles, 5 de julio de 2017

05/07/2017 19.07

Hoy quiero pedirte un favor, que es una forma un tanto eufemística de decirlo porque lo cierto es que voy a darte una orden.
Se trata de que si, por cualquier circunstancia de la vida en la que yo no esté consciente o en condiciones de decidir, alguien – un médico, supongo – dijera que hay que hacerme eso que se llama “una exploración”, o que tienen que meterme en un quirófano por algún tema de… digamos “el interior del cuerpo” y estás cerca de mí o eres la persona a quien se consulta qué hacer, no lo permitas en ningún caso ni bajo ningún concepto.
Si tú no estás harán lo que consideren oportuno. Pero nunca será con el consentimiento mío ni el de alguien que me tenga cariño.
Es algo que no puedo soportar el ni pensarlo. Que alguien vea mi cuerpo desnudo, ni que se manipule aun con la mejor de las intenciones el interior de mi cuerpo.
No es que sea persona especialmente pudorosa. Si he terminado de ducharme y quiero un cigarrillo no tengo problema en pasearme por la casa en cueros aunque estén las ventanas abiertas. Ni me preocupa que de forma accidental o no buscada ni por mí ni por quien pudiera aparecer sin intención y de momento, alguien me vea.
Pero, por favor, que – aunque fuese para mi supuesto beneficio – nadie mire ni toque mi cuerpo mientras tú puedas y tengas la autoridad (que yo te doy) para evitarlo.
No me puse las gafas y lo cogí sin darme cuenta descafeinado. Lo siento.
Esa crema que solía comprar en porcióncitas en bandejas hace como dos meses que no las tienen.
Un hombre – escucho en la radio - encontró una cigüeña que le pasaba algo, no me he enterado muy bien qué, y llamó a ese servicio que se ocupa de los animales - ¿Seprona, quizás? – pero le dijeron que su jornada laboral había terminado, que llamase al día siguiente.
Así que la tuvo en el salón de su casa hasta que fueron a recogerla. Que por lo visto mala no es que estuviera, porque dice que se paseaba.
¿No es bonito?
Luego llama otro hombre muy enfadado que qué c… era eso de que habían terminado la jornada de trabajo. Y despotricó un poco.
Pienso que tiene razón. Pero me quedo con que el otro la llevó a su casa.
¿Cómo que debajo del felpudo?
¿Cuándo hemos tenido felpudo?
Déjalas debajo de las piedrecitas de eso que yo llamo para entendernos la planta del portal, pero tú sabes que ni es planta, ni está en el portal ni tiene piedrecitas.
Anda. Y arma por favor la licuadora, que se me da muy mal.
Y no son las diez sino las siete de la tarde. Pero veo - en el anterior también pasó - que pone hora de verano del Pacífico, y no lo sé arreglar.
Guíate por el reloj.

martes, 4 de julio de 2017

Mote para la vida

La vida, que es caprichosa, se presenta como viene y no como se la adorna; de tiros largos si es fiesta, con organdíes y zarcillos, y puntillas y collares, y lazos y muchas cintas de seda y raso y colores. O de negro, rigorosa, sin afeites ni perfumes ni aderezos que la tornen llevadera hasta que llegue la guadaña que la corta.

La vida, que es pendenciera, se presenta peleona, agarrada por los pelos de quien cuestionarla osa como fuente de venturas, como aliada bondadosa, como madre que se yergue frente a adversidad ansiosa por dañar el qué que alienta en su ser tenaz que aborda el ser pese a su desidia aquello que ella le estorba.

La vida, que es generosa, se prodiga en su largueza con los que con su demora ven alargarse sus días, acortarse sus dichosas esperanzas de venturas y crecerse, pavorosas, las amenazas que acechan escondidas tras la puerta que se cierra, o que se abre, al dictado del destino tan pronto llega su hora.

La vida, que es aljonjera, clava las espinas todas amarillentas y duras que guarnecen las purpureas flores de las que se exorna en la carne de los sueños dormidos cuando a la aurora los sacuden desabridas las inminencias traidoras que aguardan a descargarse sin la piedad que desborda qué bordara entre la bruma de la noche la zozobra.

La vida, que es procelosa, cubre de nubes muy negras la espera que se recorta ― a lo lejos en el tiempo y el espacio en el que mora desconocido e ignoto para el que tan solo sabe que ella es una y luego hay otra ― en sordina revestida de tenacidad ansiosa por asirse de qué queda tras derrotas de batallas entabladas ni perdidas ni gloriosas emprendidas por quién sabe qué razones latebrosas.


La vida, que es arropiera, vende los dulces placeres que en el cuerpo que la entiende cual coyuntura melosa se alojan donde ella sabe, por buena conocedora, que van a terciarse encuentros de desencuentros feroces que ― ajenos a en qué ella busca en su solaz perpetuarse agazapada en su rosca al amparo de una roca ― terminarán por pagarle, empalagados de dicha, insensatos otra ronda.