domingo, 13 de mayo de 2018

Texto 14.9

14.9 “Cada visitante puede pintar en el aire el mismo cuadro cientos de veces. ¿Qué está sucediendo? El mundo está lleno de mandalas, de rastros invisibles que se esconden a la frecuencia perceptiva de los sentidos, y alguien ha visto algunos y los ha llevado a la frontera de la materia, los ha traído del mundo pránico del que se descolgaron los arquetipos que pueblan la consciencia y han sido reconocidos por los puntos de luz que anidan en los rincones del cuerpo físico.”
 
AVENTURA DEL PENSAMIENTO
Parecería como si “las autoridades”, las de aquí y las del resto del mundo (de forma sorprendentemente globalizada), hubiesen alcanzado tal grado de discernimiento y de sabiduría, que no solamente están plenamente de acuerdo con lo que en este y en anteriores párrafos se explica acerca de la potencialidad evolutiva del Arte, sino que, buscando el máximo desarrollo espiritual de sus súbditos, han implementado, como se dice ahora, las medidas político-culturales necesarias para facilitar el acceso a dichas puertas al universo de lo astral a unas cada vez más amplias mayorías, y así han dicho: hagamos montones de museos y llenémoslos de gente.
La realidad es muy otra, como sabemos: la masificación democratizadora del acceso al Arte banaliza de tal forma su apreciación que lo ha convertido en una moda, un must-see, una atracción turística más, donde lo más importante es el huero prestigio de poder atestiguar con un selfi que uno ha estado allí, delante de tal cuadro o en la puerta de tal templo o, como mucho, si la economía da para contratar un guía, engullir un ramplón análisis histórico-anecdótico-culturalista de las obras en cuestión.
Mirar cien cuadros por hora no solo es agotador (porque, en efecto, cada uno de ellos, si tiene suficiente calidad, te está pidiendo entrar en ti hasta lo más hondo de tu ser), sino que es además adocenador y contaminante, pues tal mirada, tan insolente superficialidad, des-sacraliza tanto el ámbito en el que cada obra despliega su llamada que impide que otros ojos puedan conectar con ella. Lo cual solo puede conseguirse desde un estado especial de recogimiento, meditación y escucha que propicie la apertura de “los puntos de luz que anidan en nuestro cuerpo físico”.